El método es agnóstico: funciona con la IA que ya usas, en modo chat o en modo proyecto. Pero «funciona» no significa «funciona igual de bien en todas», y preferimos que lo sepas antes de tu primera sesión y no a mitad de ella.
No te damos una tabla de qué modelo y qué plan rinden mejor. Quedaría vieja antes de que la leyeras, porque los modelos cambian de comportamiento cada pocos meses. Te damos algo mejor: una prueba que tarda cinco minutos y que puedes repetir cada vez que cambies de IA.
Hay dos formas de usar una IA hoy, y conviene saber en cuál estás antes de cargar nada. El método es el mismo en las dos. Lo que cambia es la mecánica de cargar, guardar y arrancar cada sesión. Y un riesgo nuevo que solo aparece en la segunda.
Abres una conversación, adjuntas un documento, habláis. Cuando cierras, la conversación se queda ahí y la siguiente empieza de cero. Es lo que hace cualquier IA en su versión básica, y lo que tiene casi todo el mundo que trabaja dentro de una administración con la herramienta que le han instalado.
Creas un espacio con archivos e instrucciones permanentes, y cada conversación nueva nace sabiendo lo que hay en él. Muchas IA lo ofrecen ya con distintos nombres: proyectos, espacios, gemas, agentes personalizados. Algunas van más allá: leen y escriben ficheros en una carpeta tuya, buscan en internet por su cuenta y ejecutan tareas de varios pasos sin preguntar. Eso es un agente.
No preguntes cuál es la mejor IA. Pregunta si la tuya tiene estas cuatro cosas, porque son las que el método usa de verdad.
Una sesión de diagnóstico son cuarenta minutos y veinte turnos. Si el modelo pierde el hilo a la mitad y vuelve a preguntarte el territorio, la sesión se rompe. Es la capacidad más determinante y la que más varía entre planes gratuitos y de pago del mismo producto.
Poder adjuntar el documento de la herramienta es mucho más fiable que pegarlo en el chat. Si tu IA no admite adjuntos, se puede pegar, pero pégalo entero y de una vez, nunca troceado.
Los cuatro objetos se entregan como una página HTML autónoma. Cualquier modelo actual sabe escribirla; lo que cambia es si te la muestra renderizada o te la da como bloque de código. Si te la da como código, no pasa nada: se guarda en dos minutos.
Algunos planes cortan las conversaciones largas o degradan la calidad cuando el contexto crece. Lo notarás porque las preguntas se vuelven genéricas y dejan de citar lo tuyo.
Carga el documento de la herramienta 01 y escribe exactamente esto:
¿Qué vas a hacer conmigo y cuál es tu primera pregunta?
Te responde en pocas líneas nombrando el Canvas de Inteligencia Colectiva, anunciando que trabajaréis un punto cada vez, y te pide cuatro cosas: territorio, promotor, problema y punto actual. Nada más. Ha leído el documento como manual de operación.
Te devuelve un resumen del documento. O te ofrece un diagnóstico ya hecho. O te lanza las doce preguntas de golpe. O, si es un agente, te dice que va a «analizar el proyecto» y se pone a trabajar sin preguntarte nada. No lo ha leído como manual: empieza una conversación nueva y vuelve a cargarlo. Si a la segunda sigue igual, prueba otro modelo o el plan de pago del mismo.
Si en modo proyecto tienes los cuatro manuales cargados, haz la prueba nombrando la herramienta: «Hoy trabajamos la herramienta 01. ¿Qué vas a hacer conmigo y cuál es tu primera pregunta?». Si te responde mezclando cosas de las otras tres, el espacio no está separando bien los documentos: haz la prueba en un chat limpio con solo el manual 01.
El paquete trae dos documentos que se suben junto al manual: el marco del Diseño Cívico y tu expediente de proyecto. Para saber si han entrado, antes de empezar escribe:
Antes de empezar: en una frase, ¿qué sabes de mi proyecto y con qué herramienta vas a trabajar hoy?
Si te resume tu territorio, tu promotor y tu punto actual, y nombra la herramienta correcta, la base está cargada. Si te contesta en general sobre diseño cívico, o nombra otra herramienta, no ha leído los adjuntos: empieza una conversación nueva y vuelve a subirlos.
Un agente quiere terminar la tarea. El método quiere que salgas de la silla entre sesiones. De ese choque salen tres comportamientos que en modo chat casi no aparecen y en modo proyecto son la norma. Los cuatro manuales llevan una regla escrita contra cada uno, así que la IA reconoce la corrección. Debajo de cada síntoma, la frase exacta.
Lee las cuatro líneas, deduce el resto y te presenta un diagnóstico terminado. Parece eficiencia. Es la compuerta saltada.
«Las respuestas son mías. Borra los estados que no te he dado yo, hazme la primera pregunta y espera.»
No sabes el presupuesto participativo de tu distrito; el agente lo encuentra en la web municipal y lo mete en el punto de recursos. Parece un dato. Es un hueco disfrazado, porque nadie del territorio te lo ha dicho a ti.
«Lo que no te he contado no existe para esta sesión. No busques: pregunta. Quita lo que hayas traído de fuera y márcalo como hueco.»
Cierra el diagnóstico y, sin que se lo pidas, abre el mapa de actores «para aprovechar». Parece un favor. Es un mes de territorio saltado en un minuto.
«Una herramienta por sesión. Cierra el objeto y para. La siguiente empieza cuando yo vuelva del territorio.»
El Diseño Cívico defiende infraestructuras auditables y soberanía tecnológica; este método se apoya en la IA de propósito general que ya tienes. No es una contradicción resuelta, es una costura visible, y tiene dos consecuencias prácticas: no pegues en el chat datos personales de vecinas ni actas con nombres, y ten presente que lo que escribes viaja a un servidor que no controlas ni controlamos.
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